sábado, 4 de junio de 2011

QUIERO APRENDER COMO TODOS A HACER TIEMPO.

No quiero hacerle perder el tiempo, así que seré lo más extenso que pueda.

Llevo años (literalmente) tratando de escribir una novela cuyo problema más grande es conocerla. Cometí el error de saber el principio y el final de ésta y todo lo que escribo en medio me hace sentir insatisfecho. Conozco al personaje, por que en realidad el personaje era yo a los dieciséis, una edad en la que pensaba saber quién iba a ser los próximos 64 años. Según Houellebecq, la adolescencia no es sólo un periodo importante en la vida, sino que es el único periodo donde se puede hablar de un sentido entero del mundo. Es decir, la adolescencia es, en cierta forma, una secuencia filmada a través de la óptica de un gran angular, pero con una profundidad de campo limitada.

Yo me pensé capaz de escoger el rumbo correcto que llevaría mi vida y si volteo hacia atrás, recordaré por siempre (con nostalgia) mi insolencia. Mientras crecí, las motivaciones, alguna vez incontables, fueron languideciendo entretanto los miedos de no lograrlo se sentaban a tomar el café. Sigo deseando escribir un libro, terminar una película y sigo deseando muchas otras cosas que se sienten como pasiones de adolescente.

Entiendo, sin compadecerme, el terror al tiempo y su condición irrefrenable.
Cuando era niño tenía sueños grandilocuentes que no se alejaban mucho de querer conquistar el mundo. Busqué la fama tal vez después de un día de muertos, cuando vi un altar para Pedro Infante, a quien se le recordaba como un familiar cercano.
Con la muerte caricaturizada, entendí (de manera superficial) la caducidad de las capacidades que tenemos de ser eternos; -más tarde, tuve la oportunidad de verle la cara y, no está de más decirlo, temer por mi vida-.


Luego conocí a Pinky y Cerebro, roedores que creen todo menos que sus planes son ridículos. Ahora entiendo que todo plan debe, a toda costa, ser por lo menos un poco ridículo para ser realizable.
Tal vez mi primer gran sueño fue ser una estrella de rock, tenía once años y seguía con asiduidad MTV.


Mi primera “experiencia estética” la tuve cuando apareció “Tonight, Tonight” de Smashing Pumpkins en un conteo regresivo que abarcaba la mejor música hacia el milenio que acababa.
Muchos eran los que pensaban que el mundo se iba a terminar junto con el siglo XX, habíamos evolucionado tanto como especie que lo único que merecíamos era la extinción.

Yo apenas tenía una novia y descubría el placer de acercarme e intercambiar saliva y partículas de pollo. Nuestras caras siempre terminarían mojadas y, después del embarazoso proceso de secarme la nariz y la boca, derivábamos la energía a compartirnos aquello que hoy llamaríamos nuestros sueños.
A esa edad tuve una suerte de resumen de lo que sería la vida.
En el verano, fui invitado a la playa acompañando a unos amigos de la familia, extraños que después se volverían familiares. Nos subimos siete en un acogedor Volkswagen de mediados de los noventa que se volcó y cayó por un barranco.

El accidente fue tan grave que les quitó la vida a los dos tripulantes que iban en los asientos delanteros, Don Guillermo (quien sería mi padrino unos meses después) y su hija, las primeras personas en mi vida en volverse a una especie de eternidad (de ahí que la eternidad es posible).

Lo primero que recuerdo y tal vez lo más impactante es la sensación con la que desperté del estado de shock traumático. Comprender los mecanismos de adaptación de nuestro cuerpo es entender la naturaleza de nuestros cambios emocionales.
Abrí los ojos en una oscuridad confusa, sin entender ni la más mínima cosa de lo que pudiera estar pasando alrededor. Sentí una excitación inusual, tuve la sensación, por un momento, de que acababa de despertar de un bonito sueño y había cambiado a otro; hablaba pero no articulaba palabras, y todo estaba envuelto en un velo de misterio: Había una tragedia frente a mí que no podía comprender. El tiempo cobró un nuevo sentido, la lentitud inusitada me hacía confiar que todo era simplemente un sueño y que volvería a la escuela en cuanto despertase.

Pasó una eternidad.

Poco a poco enumeraba detalles que daban sentido a la escena. La oscuridad inicial se había aclarado gracias a que mi visión se fue acostumbrando a la penumbra. Después de la impresión de onirismo, noté que estaba en un auto, recordé el auto; advertí que estaba destruido, encontré vidrios rotos en fracciones inofensivas sobre mí; polvo, sangre. La sangre fue el último elemento en formar el campo semántico.
Entendí que no se trataba de un sueño cuando a todos estos elementos les sobrevino la conciencia de las heridas y el brillo color escarlata que goteaba de mi nariz.
El dolor funciona como el mejor recordatorio de vida.

Mientras la ambulancia me trasladaba al hospital, desperté de un par de desmayos que recuerdo con precisión óptica. Cuando abría los ojos veía a un paramédico angustiado y, con ejemplar serenidad, a una señora de piel morena, cabello cubierto de canas y mirada penetrante.
Ella trataba de mantenerme despierto contándome cuentos que a todas luces estaba improvisando. Yo estaba deshidratado y había perdido mucha sangre; si me dormía estaría en peligro. Esos cuentos fueron para mantenerme vivo.

Para aquellos que no han temido la muerte en algún momento, la vida no podrá revelárseles como un regalo. Es muy simple y probablemente será injusto, pero una visión prematura de la muerte puede ser la única dosis que necesiten para abrir las puertas de su conciencia. Un niño de esa edad no necesita nada más que sus padres, sus amigos, sus juegos, sus películas y las tardes oceánicas en las que cabían infinidad de experiencias contradictorias, la percepción del tiempo de un decenario es la de un despilfarrador, la de un gato con nueve vidas que permite el regocijo con la banalidad.
Hoy, las tardes avanzan con prisa de hacerse noches y no puedo más que mortificarme por el tiempo que se “desperdicia”.

Un día mi padre me regaló un reloj y junto al regalo incluyó una amenaza, un recordatorio; otro regalo más grande: No pierdas el tiempo.Reforzando el mensaje después llegaron profesores, cantineros, taxistas, los padres de mis amigos, libros, la angustia de no concluir algo, el deseo de que ciertos momentos duraran una eternidad y la consulta repentina de la hora en mi muñeca.

viernes, 3 de junio de 2011

37°

A veces agradezco que el calor sea, además de una molestia considerable, un iniciador de conversación. ¿Hace calor, no? Qué manera más elemental de encontrar el vértice perfecto entre la oscuridad de las ideas de la otra persona y las propias; y al mismo tiempo de encubrir de manera inocente el interés por conocerla. Sólo en este caso el clima es un malestar afortunado.

miércoles, 25 de mayo de 2011

DE CONVERSACIONES Y NAUFRAGIOS

Hola, mucho gusto. No nos conocemos. ¿Quién soy? Decir mi nombre resultaría tan inútil como decir: Yo mismo. ¿Te parece si te dejo este folleto con mis características y vuelvo después a intentar tener una conversación contigo?

Me considero un buen conversador, tengo habilidades (y suficiente paciencia) para escuchar. Se me ocurren cosas de inmediato para que las navegaciones temáticas se mantengan a flote naturalmente y a buen ritmo, procurando jamás hundir ese bote en el que afortunada o desafortunadamente estamos inmersos.

Reconozco también que a veces permito hundimientos voluntarios dado que el silencio es un aliciente para liberar la naturaleza indagatoria del cómplice. Provoco que, a veces, busquen algo en alguna parte; otras veces, regalen una sonrisa inesperada, y en otras más providenciales, que la conversación se vuelva más cercana y personal, se avance unos pasos y se busque la intimidad; primero por que estamos de acuerdo (personalmente, casi siempre estoy de acuerdo), y luego para que la conversación sobreviva. Cuando las conversaciones se vuelven íntimas es cuando el traslado hasta ese lugar donde está sucediendo es justificable, de otra forma, el dinero invertido, los calcetines limpios... todo sería una pérdida de tiempo.

El acto de platicar, tener una charla con palabras frente a frente, jamás podrá ser superado por ningún otro formato de comunicación. El encanto de escuchar, observar, entender, de imaginar lo que el interlocutor está pensando mientras uno habla; decidir si le creemos a lo hablado, a las manos o a los ojos (tres elementos que parecieran independientes del cuerpo)… sencillamente no puede ser reemplazado con ningún aparato tecnológico.

Recuerdo un texto de Umberto Eco en el que compara los libros con la cuchara y la pala: fueron inventados hace siglos y prácticamente no han sufrido modificaciones por que no hay manera de hacérselas, son insuperables.
Hoy me sorprende la inconmensurable cantidad de maneras de entablar conversaciones de maneras virtuales, incluso de tener “sexo” mediante el intercambio en directo de imágenes de los participantes masturbándose.

Acabo de mencionar palabras que convierten mi ensayo en clasificación C. Espero que usted, Lector del entorno virtual, esté enterado de lo que significan, y si no, no consulte un diccionario: ingrese a una página pornográfica y compruebe la enorme cantidad de material que hay de ciber-sesiones sexuales. Ahora el espectador atraviesa la pantalla, como Alicia en el espejo, y se vuelve actor de lo que allí está pasando: es su ser y su hacer, su aquí y ahora, sin solución de continuidad, lo que se desarrolla en ese set electrónico. Pero no sólo eso: no es sólo espectador devenido actor, en el sentido escénico (eso ya lo proporcionaban el teatro con la catarsis y el cine a través de la proyección o la identificación psicológicas con los protagonistas), sino también autor, al tiempo guionista instantáneo e intérprete de su peripecia.

En el mundo contemporáneo la pantalla de la computadora ha sustituido al espejo como metáfora universal de la conciencia. Esta nueva conversión de las dimensiones del espacio mental del Internet en el nuevo vehículo alegórico de la reflexividad ha engendrado una nueva concepción del yo y de la vida, de los acontecimientos y de sus significaciones.

Pero esa es otra historia probablemente menos interesante. Más bien severamente menos personal y sólo sé escribir de mí (de hecho en esencia todos lo hacemos sin egocentrismos) el tiempo y la persona que escojo para redactar estas líneas no son casualidad: casi todo lo que hago es confesional, por que de mí es de lo que más quiero responder preguntas.

¿Te estoy aburriendo?

Regresando a la dirección en la que estaba tratando de llevar esta conversación –es una conversación desde el momento en el que yo escribo y usted lee- y antes de que todo esto se hunda irremediablemente, quisiera decir que… Oh no… ¡Ya no sé qué más decir!
¡Nos hundimos! –Repito- ¡Nos hundimos!
Licencia de Creative Commons
DE CONVERSACIONES Y NAUFRAGIOS by César Reynaga is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 3.0 Unported License.

martes, 10 de mayo de 2011

-PONGA SU NOMBRE AQUÍ-

Como todo en la vida, esta historia nace de una mujer…
Cada vez que se cierra un ciclo, comienza irremediablemente otro, de estar al no estar (y aprender a estar) y viceversa; cualquiera que se venga a la mente.

La historia debe advertir desde el principio que los eventos son imprecisos. Se ha venido tratando (con éxito) de convencer al autor de que el azar es una obra mágica inexplicable, que nace de algún proceso que tiene la existencia de cada quien en que ésta misma comienza caprichosamente a escribirse: “Las cosas pasan por algo” como una mecánica cuántica simplificada de la causalidad (y como si tuviera un sentido final, tal como los dibujos de unir puntos).

A veces, por instantes, puedo creer que estuvimos predestinados, pero ¿qué sería de una historia como esta sin escepticismo?

Aquí no pasa nada ya, dato, sólo el tiempo.
Lo único que se vislumbra claro es el tono platónico de la fábula, la idealización nunca materializada de lo que podría ser (el más grande aliciente de la ficción), el sentimiento puro, desinteresado y esencial de lo imaginario.

Me llama la atención la manera en que el inglés da nombre al enamoramiento: To Fall in Love. En vez de ser un estado superior, de ascender; se cae en él, nos hundimos irremediablemente. Suena fatalista, pero es la mejor manera de hablar del proceso de estupidización por el que todos pasamos, caemos al vacío, o más bien, nos dejamos caer al vacío. Nos vamos dando permiso de conocer el fondo.
Y se conocen otros estados de conciencia y otras formas de sentirse más vivo.
Y en determinado momento he decidido soltarme, entumecido por el furor de la incertidumbre, entumecido también por que empecé a creer, sólo un poco, que las cosas pasan por algo.

El tiempo es lo único que pasa, pero el único que no quisiera que pasara, por que también, como buen personaje secundario, es el que se encarga de una vez por todas de definir lo que los personajes principales buscan.

Sí, por más que la vida “Sea como tú quieres que sea”, idea inicial del autor (que resulta ser el personaje masculino), el tiempo puede llegar a ser el villano o el cómplice para cometer la cantidad de fechorías que usted lector sea capaz de imaginar.

Y entonces se cierran ciclos y comienzan otros…Una mujer te dio a luz, otra te ayudará a morir. Me sorprende la falta de control que tenemos los hombres ante las situaciones grandes de la vida, probablemente la vida no se escribe sola; la escriben las mujeres y el tiempo.
Me pregunto cuál ciclo estará comenzando ahora…

viernes, 8 de abril de 2011

blog

http://cesarreynaga.tumblr.com/

Preámbulo.

Las comúnmente llamadas películas no son más que el simple producto del ensamble entre un sonido que responde a una serie de imágenes, las cuales por un fenómeno perceptivo llamado persistencia retiniana, dan la impresión de movimiento (a esto bien se le puede llamar audiovisión pues nunca están aislados sonido de imagen o viceversa). Éstas imágenes, acomodadas con o sin un órden lógico pero adquiriendo un carácter narrativo a veces tienen tal fuerza dramática que provocan que el cuerpo empiece (tal vez inevitablemente) a segregar a través de los ojos un líquido producido por el proceso corporal de la lagrimación para limpiar y libricar el ojo, y, dado que culturalmente el llanto -es decir la pura forma- es la tristeza (y no hay otra manera de estar triste que llorando) debe evitarse lo más posible para no vulnerarse frente a otros y que éstos se aprovechen del desarmamiento aparente que ocasiona lagrimar por un periodo que exceda los siete segundos normales de un bostezo.

Si las siguientes instrucciones no dan resultado, se recomienda fingir una llamada telefónica si se tiene un teléfono celular y la posibilidad de salirse, si no, cambiar de superficie de proyección.

De la gran pantalla blanca a los iris tristes de la mujer de junto, la única área reflejante que supera a la pantalla matte al frente de la sala, en ésta se pueden ver la película y las reacciones de la persona, así como también se puede tener una visión de reojo del resto de su rostro mientras llora.


A continuación, instrucciones para contenerse y evitar tan vergonzosa evidencia de sentimentalismos.

Nota. Si usted destá leyendo esto seguramente necesitará algunos pañuelos desechables y/o la manga de un sweater de preferencia una o dos tallas más grandes.


lunes, 20 de septiembre de 2010